Ser diferente

De la edad escolar recuerdo especialmente la ansiedad que sentía en los patios —y en las excursiones, las fiestas y las actividades deportivas—. Me quedaba invariablemente en un rincón, cuidando que no me golpease un balón, apartado de los demás, sintiéndome diferente, viviendo mi soledad, deseando intensamente que se acabase el “recreo”.

Si algún día excepcionalmente intentaba apuntarme a los juegos de los otros, cuando seleccionaban los equipos yo siempre era el que nadie quería, porque mis habilidades físicas y de juego en equipo eran muy pocas.
Esperaba con desasosiego volver al espacio ordenado del aula. En clase había pocas interacciones, y estaban reguladas por normas. El lenguaje que allí se utilizaba era utilitario, informativo, literal, formal. Cada cual tenía su lugar: yo también. Y era un lugar en el que mis capacidades servían para
obtener una cierta valoración, al menos por parte de los maestros.

Con los mayores, si ellos hubiesen querido, seguramente me habría podido entender, pero con los otros niños —no había niñas en mi escuela— era imposible. Claro que tampoco tenía demasiado interés en ello. No me unía nada a ellos, no me gustaban sus juegos, no entendía su manera de hablar ni sus bromas, su lenguaje no era racional, no veía ningún sentido en sus actos.

Ni con los adultos ni con otros niños recuerdo emociones afectivas, ni de experimentarlas yo, ni mucho menos sentir que ellos las tuviesen hacia mí. Las que pudiese haber quizás no las identifico como tales debido a mi daltonismo emocional, por aquel entonces casi total. Si lo medito bien, en
general mis relaciones con los demás se movían por un mecanismo racional, no demasiado diferente del que podía aplicar a los objetos inanimados, con la diferencia de la mayor imprevisibilidad de los seres vivos. Si, me gustaba más la “racionalidad” de los objetos que la imprevisibilidad de los humanos.

Los niños “normales” formaban grupos y se relacionaban fuera del colegio. Durante las vacaciones, o continuaban con sus compañeros o buscaban nuevos grupos, y a veces querían que volviese a empezar la escuela para estar todo el día con sus amigos. Yo no tenía ningún amigo (ni lo he tenido
nunca, al menos en el pleno sentido de la palabra). Durante las vacaciones, sin nadie, me sentía perfectamente. Temía la vuelta al colegio, porque significaba la obligación de dejar mi mundo, mis intereses, y tener que convivir con los otros niños y seguir la corriente a unos extraños maestros
religiosos.

Las materias que tenías que aprender eran de diversos tipos: Había las político-religiosas, que yo asociaba con el siniestro doble mundo que escondían los adultos. Después estaban las que para mí no aportaban ningún interés, como la historia, la literatura o la geografía. Estas me limitaba a aprenderlas de memoria.

La que más temía era la gimnasia. Principalmente por mi inhabilidad motora, pero también porque la actividad física obligada me causaba una gran molestia y porque el riesgo de daño físico me atemorizaba. Necesitaba que mi cuerpo mantuviese la estabilidad, no soportaba los movimientos
bruscos ni la pérdida de la verticalidad.

Me gustaba la caligrafía: repetir una y otra vez los mismos patrones, prestando atención a pequeños detalles, como el grueso adecuado de cada trazo, el reflejo de la tinta antes de secarse.
Por lo que respecta al dibujo: si se trataba de reproducir idénticamente imágenes que se me daban como modelo, me desenvolvía bastante bien; pero era incapaz de dibujar nada que requiriese una mínima imaginación.

Cuando realmente disfrutaba era con las ciencias que yo consideraba las de verdad, las “reales”, es decir: la matemática y la física. Desafortunadamente, en las clases tenía pocas oportunidades de aprender: me daba cuenta que los profesores sabían menos que lo que yo conocía por simple intuición.

Me gustaba el aislamiento en mi mundo privado. Era un espacio interno en el que podía pasarme horas concentrado en pequeños detalles. Recuerdo por ejemplo que mi habitación daba a un cruce del ensanche barcelonés, con aquellas calles de adoquines y pocos coches circulando. El balcón tenía unas persianas de madera reseca por la intemperie que mis padres cerraban cuando iba a dormir, para que no me despertase cuando amanecía. Las persianas no terminaban de cerrar del todo, y alguna vez tenía la suerte que dejaban una pequeña abertura. Esta formaba con la
habitación una especie de cámara oscura que proyectaba en el techo una imagen tenue y borrosa de la calle. Si me despertaba con la primera luz de la mañana, podía pasarme horas contemplando el paso de los coches proyectados, inmóvil y en silencio para que no se diesen cuenta que estaba
despierto y me hicieran levantar de la cama.

En general me sentía bien con la rutina, me producía una sensación de seguridad, de aquello conocido, de la protección del nido. Cualquier alteración de esta rutina que me fuese impuesta, especialmente si era de manera súbita, me producía un gran rechazo, una sensación de miedo, de
estar expuesto a los peligros, sin lugar en el que refugiarme. Aunque el cambio lo provocase una situación favorable, si no había sido previsto, si no me había podido preparar, no me sentía bien. Me daba miedo lo desconocido, siempre me lo ha dado.

Desde Descubrir el Asperger . Ramón Cerelos

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